Sarah Jane Weaver: Lo que sucede cuando la gente decide ‘poner en práctica su fe’

Un tsunami devastador azotó el sudeste asiático hace 15 años el 26 de diciembre de 2004. En ese entonces, el élder David Walch prestaba servicio como el director del país para los Servicios de Bienestar de la Iglesia en Tailandia.

Más de 200 000 personas en una docena de países, incluso Indonesia, Sri Lanka, Tailandia e India, perdieron la vida en el tsunami, provocado por un terremoto de magnitud 9,0. El desastre también dio pie a lo que las Naciones Unidas llamaron en ese momento “la operación más grande de ayuda”.

Así como los muchos países y las organizaciones que proporcionaron ayuda, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días respondió de inmediato al enviar agua, comida, suministros médicos, ropa, carpas y bolsas para cadáveres. Los miembros locales en cada uno de los países —y en Hong Kong— prepararon kits personales y de higiene para las víctimas. Compraron utensilios de comida, lonas y ropa.

Aún así, cuando el élder David Walch y su esposa, la hermana Phyllis Walch, visitaron los campamentos de auxilio en Tailandia, descubrieron que las víctimas necesitaban algo más. “Nos era evidente que lo que estas personas necesitaban era ayuda para levantar la moral”, dijo el élder Walch después del desastre.

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Este descubrimiento dio pie a un proyecto de servicio único de la Iglesia. Cada fin de semana por tres semanas, más de 40 miembros de la Estaca Bangkok, Tailandia y los misioneros que prestaban servicio en Bangkok se subían a un autobús, viajaban 10 horas a una zona de desastre y pasaban un día completo platicando con los sobrevivientes del tsunami y escuchándolos antes de viajar 10 horas de regreso a casa. Los miembros y los misioneros no hacían ningún proselitismo.

Durante su primera visita, los miembros distribuyeron 750 barras de helado; la semana siguiente llevaron ollas arroceras. Pero la cosa más importante que dieron, dijo el élder Walch, fue su amistad.

En el campamento, los miembros iban de tienda en tienda, dando así la oportunidad de contar su historia a la mayor cantidad de personas posible: Una madre lamentó la muerte de sus dos hijas adultas; una pareja compartió su sentimiento de culpa al dejar a otras personas atrás mientras corrían para salvarse a si mismos; un pescador comenzó a calcular sus pérdidas — su pueblo, su hogar, sus seres queridos, sus herramientas, su bote.

“Estaban tan agradecidos por la oportunidad de hablar”, dijo el élder Walch.

Durante una visita, unos cuantos misioneros y miembros encontraron una carpa llena de niños preescolares y preguntaron si se podían quedar. Los élderes organizaron un juego de sillas musicales y un juego en círculo de corre que te pillo. Otros les enseñaron a los niños “The Hokey Pokey” (una canción con baile popular en inglés).

“Había risas por la primera vez desde que ocurrió el tsunami. Las podías escuchar”, dijo el élder Walch. “Lo sorprendente fue que los adultos en el área se comenzaron a acercar para ver qué ocurría que causaba que estos niños pequeños se rieran”.

Pensé en estas risas — y en el servicio que las había causado — en abril de 2018 cuando visité Tailandia durante el Ministerio Global del presidente Russell M. Nelson. Durante la visita, un público a capacidad de más de 3000 personas llenó el Queen Sirikit Conference Center para escuchar al profeta. Élder Randy D. Funk, setenta autoridad general, dijo que la reunión fue la más grande que había habido de Santos de los Últimos Días en Tailandia.

“La Iglesia ha estado en Tailandia por casi 50 años y sigue creciendo en fortaleza”, dijo el élder Funk. “La gente tailandesa es muy cordial y gentil y nuestros miembros son ejemplares en su bondad y servicio”.

“Había risas por la primera vez desde que ocurrió el tsunami”.

Después de presenciar la reunión, el presidente Nelson dijo que los Santos de los Últimos Días en Tailandia no serían pasivos.

“Estas personas están vigorizadas, están inspiradas. Quieren poner en práctica su fe”, dijo él.

Esa fue la lección que el élder Walch aprendió mientras prestaba servicio tras el tsunami que azotó a la nación en 2004.

Después de ver a los Santos de los Últimos Días manejar 20 horas para escuchar a las víctimas del tsunami, el élder Walch llegó a entender que hay cosas que las palabras no pueden describir o que las imágenes no pueden captar — cosas como el olor de la muerte, el sonido del pesar y el vacío donde una vez hubo un pueblo. Las palabras no pueden reflejar la historia de una madre cuya vida se vio tan destrozada por un tsunami que ella no encontraba la fortaleza para ver el océano.

Pero él dijo que también aprendió de los miembros de la Iglesia en Tailandia —miembros que hoy se están preparando para un templo que se anunció en abril de 2015 — que también hay otras cosas: el olor del arroz, el sabor del helado y el contacto de un abrazo. Hay el sonido de la risa de un niño y el panorama de adultos que anhelan tanto la risa que acuden a ella.

Es lo que sucede cuando las “personas vigorizadas” deciden “poner en práctica su fe”.