Acercarnos a Dios en nuestros propios lugares sagrados

“¡Fue el viaje de mi vida!”, declaró una mujer que hablaba en la reunión sacramental al describir un viaje espontáneo que había hecho con su familia a la Arboleda Sagrada en Palmyra, Nueva York.

Esa frase se me ha quedado grabada. Cuando tenía 19 años, visité la Arboleda Sagrada como estudiante del antiguo programa BYU Nauvoo. Aunque había pasado tres meses viviendo en Nauvoo y estudiando la historia de los comienzos de la Iglesia, mis dudas adolescentes aún persistían. Mi intención era haber terminado el Libro de Mormón por primera vez al llegar a la Arboleda Sagrada y encontrar un lugar retirado para orar como José lo había hecho y tal como Moroni invitaba.

Sin embargo, la noche antes de llegar, una tormenta masiva cubrió la región con una gruesa capa de hielo y rompió las ramas de muchos de los árboles aún sin hojas de la arboleda. Rodeados de los escombros esparcidos, las preocupaciones por la seguridad habían cerrado muchos de los caminos. Nuestro gran grupo estaba confinado en un área relativamente pequeña. La privacidad no era una opción.

Sin embargo, en un pequeño banco hombro a hombro con varios compañeros de clase, ofrecí una oración en silencio. En ese lugar donde un adolescente vio al Padre y al Hijo, otro halló consuelo, perdón y seguridad. “Sabes que estas cosas son verdaderas”, me susurró el Espíritu ese día. “No puedes dudarlo”.

Ese día cambió el rumbo de mi vida. Ahora trabajo como historiador y arqueólogo profesional con el Departamento de Historia de la Iglesia. He sido bendecido al poder visitar la Arboleda Sagrada muchas veces. He caminado por los senderos boscosos compartiendo mensajes en devocionales y he participado de evaluaciones profesionales con el administrador forestal. He paseado por esos caminos temprano por la mañana, mientras los pájaros piaban, a medida que el día se calentaba, y tarde por la noche, con el zumbido de los insectos, a medida que el día declinaba. 

De muchas formas, he dado por sentadas esas oportunidades. Muchos santos de los últimos días nunca tendrán la oportunidad de visitar Palmyra y caminar por la Arboleda Sagrada. Sin embargo, muchos, en sus propios lugares privados, se han acercado a Dios y han aprendido la misma verdad simple que José aprendió hace dos siglos: Dios contesta las oraciones sinceras. 

Durante los últimos cuatro años, he liderado un equipo de misioneros y personal del Departamento de Historia de la Iglesia al escribir “Historias mundiales”, una serie de historias cortas de santos de los últimos días que llevan vidas devotas en todo el mundo (véase globalhistories.ChurchofJesusChrist.org). He leído y escuchado las historias de miles de santos de los últimos días. He llorado por sus penas, me he regocijado por sus triunfos y me he maravillado por su dedicación.

Casi sin falta, esas historias incluyen un relato poderoso de las circunstancias y el momento en el que estos santos fieles experimentaron por primera vez una respuesta a sus oraciones. Independientemente de las diferencias de cultura, filosofía política, educación y oportunidades socioeconómicas, personas de todo el mundo se han acercado a Dios, anhelando Su amor y paz, y han recibido las respuestas a sus oraciones.

Las “Historias mundiales” están llenas de ejemplos de cómo Dios, en Su infinita sabiduría, provee respuestas adaptadas individualmente para que cada uno pueda “Escucharlo a Él”.

Por ejemplo, en 1960, luego de años de asistir a muchas iglesias cerca de su hogar en Recife, Brasil, Milton Soares se había vuelto escéptico respecto de la religión. Al principio, no sintió nada cuando oró por el mensaje que los misioneros le habían compartido; sin embargo, días después, mientras leía un libro de liderazgo de negocios, el Espíritu le testificó a Milton que lo que los misioneros enseñaban era verdadero.

Rafael y Teresa Tabango en la portada de Church News. Fotografía tomada el 4 de marzo de 1972.
Rafael y Teresa Tabango en la portada de Church News. Fotografía tomada el 4 de marzo de 1972. Credit: Intellectual Reserve, Inc.

La experiencia de Rafael Tabango, un hombre quechua que vivía cerca de Otavalo, Ecuador, en 1968, fue muy diferente. Cuando los misioneros le pidieron a Rafael que leyera el Libro de Mormón, a él le preocupaba que su conocimiento limitado del español le impidiera comprender. Como respuesta a su oración, el ángel Moroni se le apareció en un sueño y le leyó partes del Libro de Mormón en su idioma nativo; un idioma al que el libro aún no había sido traducido.

Para Olga Kovářová, que era una estudiante universitaria en Brno, Checoslovaquia, en 1983, cuando leyó el Libro de Mormón por primera vez, fue su propia afirmación susurrada de que “¡Dios vive!” la que le permitió sentir cómo Su amor le llenaba todo el cuerpo.

En Nigeria, cuando Esohe Ikponmwen, una magistrada del estado de Edo, descubrió el evangelio restaurado por primera vez, usó su capacitación legal para analizar las enseñanzas de la Iglesia. Sin embargo, no fue sino hasta que añadió la oración a su búsqueda que recibió una confirmación de la verdad de lo que estaba estudiando. 

Luego de que las personas que escucharon la predicación de Alma en el “bosque de Mormón” fueron bautizadas, el Libro de Mormón relata que el lugar fue hermoso “a los ojos de aquellos que allí llegaron al conocimiento de su Redentor” (Mosíah 18:30).

“Alma bautiza en las aguas de Mormón” por Minerva Teichert
“Alma bautiza en las aguas de Mormón” por Minerva Teichert Credit: Cortesía de BYU/MOA

Aunque quizás usted nunca camine en la Arboleda Sagrada, puede acercarse a Dios, tal como muchos santos lo han hecho, y puede, en su propia forma y lugares — su dormitorio, su armario, u hombro a hombro en medio de una multitud — sentir cómo Él le extiende Su mano amorosa.

— Ryan W. Saltzgiver es un especialista de historia global en el Departamento de Historia de la Iglesia.