Élder Tad R. Callister: No siempre saber es parte del plan de Dios

Deberíamos estar preparados para responder todas las preguntas del evangelio que podamos en el espíritu del mandato de Pedro a los santos: “estad siempre preparados para responder … a cada uno que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). Si bien podemos responder muchas preguntas, a veces la respuesta apropiada es “no lo sé”. Eso no debería sorprendernos. En lugar de ello, deberíamos esperar algunas preguntas sin respuesta por, al menos, las siguientes razones:

Primero, Dios requiere que tengamos fe. Mormón estaba a punto de registrar algunas “cosas mayores”, cuando él dijo: “pero el Señor lo prohibió, diciendo: Pondré a prueba la fe de mi pueblo” (3 Nefi 26:10-11).

Nefi no conocía la razón para crear un segundo juego de planchas. Él simplemente señaló: “el Señor me ha mandado hacer estas planchas para un sabio propósito suyo, el cual me es desconocido” (1 Nefi 9:5).

Incluso el Salvador no tenía la respuesta a cada pregunta durante Su ministerio mortal. Mientras se hallaba tendido en la cruz, exclamó: “¡Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). No hubo una respuesta inmediata en ese momento de crisis, pero Su fe en el Padre nunca disminuyó.

Élder Tad R. Callister
Élder Tad R. Callister Credit: Intellectual Reserve, Inc.

La fe, por naturaleza, significa que no tendremos todas las respuestas. Sin embargo, algunas personas “demandan” saber la razón subyacente para cada mandamiento o evento en la vida — en esencia, quieren una religión sin fe, pero no pueden tenerla — porque tal cosa no existe.

Segundo, nuestras mentes son finitas y, por consiguiente, hay veces en las que no podríamos comprender la respuesta aun cuando nos fuera dada. Por ejemplo, un bebé no puede comprender el cálculo, aun cuando este es verdadero. El Señor resaltó este principio divino cuando dijo: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9).

Tercero, Dios retiene ciertas verdades porque su conocimiento sería prematuro según Su cronología divina. El Salvador hizo esta observación a Sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 16:12). Nuestra falta de madurez y preparación espiritual puede demorar el tiempo en el que recibamos algunas respuestas.

Cuarto, las verdades históricas y científicas a menudo llegan en partes y, por lo tanto, en el ínterin, puede existir un aparente conflicto entre la historia o la ciencia, por un lado, y la religión, por el otro. Sin embargo, al final, ambas estarán en perfecta armonía. Vemos esto, por ejemplo, con respecto a descubrimientos arqueológicos. Durante años, los críticos afirmaron que el cemento y la cebada no existían en la época del Libro de Mormón — que eran anacronismos que “probaban” que el Libro de Mormón era un fraude. Entonces, con el paso de muchos años, la arqueología reveló la verdad: se descubrió que el cemento y la cebada existieron en la época del Libro de Mormón. La pregunta que había despertado la duda en los escépticos se convirtió en una confirmación más para los hombres y las mujeres de fe.

Incluso los profetas se hacen preguntas que no tienen respuesta. Cuando un ángel le preguntó a Adán por qué ofrecía sacrificios, él solo pudo responder: “No sé, sino que el Señor me lo mandó” (Moisés 5:6). Es parte del plan de Dios que no siempre tengamos todas las respuestas a todas nuestras preguntas, pero mientras tanto deberíamos procurar toda la verdad posible con fe inquebrantable en Dios.

“Incluso los profetas se hacen preguntas que no tienen respuesta”.

Alexis de Tocqueville fue el brillante sociólogo que escribió la incomparable serie de dos tomos titulada “La democracia en América”. Sin embargo, para su crédito, él sometió su intelecto y voluntad a Dios, diciendo: “Desconozco los designios [de Dios]” [lo que significa que no comprendía todos los propósitos de Dios], “pero no dejaré de creer en ellos porque no pueda comprenderlos y preferiría desconfiar de mi propia capacidad que de Su justicia”. ¡Qué respuesta tan humilde y llena de fe!

La fe reconoce la realidad de un intelecto y superioridad moral mayores que los propios, a saber, los de Dios. Por consiguiente, la fe ataca el núcleo del orgullo y, en su lugar, nutre las virtudes de la humildad y la confianza divina. Esto, a su vez, mejora nuestra capacidad de aprender, aumenta nuestra perspectiva eterna, nos da esperanza adicional y profundiza nuestro compromiso de ser obedientes. En esencia, la fe, que por necesidad trae como resultado algunas preguntas sin respuesta, tiene una capacidad inherente de acelerar nuestro progreso espiritual — lo cual, al final, es el propósito principal del plan de salvación.

— El élder Tad R. Callister es un setenta autoridad general emérito y sirvió como presidente general de la Escuela Dominical.