Tad R. Callister: Principios versus reglas

José Smith enseñó: “Les enseño a las personas principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos”. Esa es una verdad fundamental del gobierno de la Iglesia y el hogar. “Y no se puede edificar a Sion sino de acuerdo con los principios de la ley del reino celestial” (Doctrina y Convenios 105:5).

¿Por qué es más eficaz enseñar principios que reglas? Existen al menos dos razones clave: En primer lugar, las reglas a menudo se limitan a una o quizá unas pocas situaciones específicas, mientras que los principios, generalmente, tienen una aplicación mucho más amplia. En segundo lugar, los principios crean un ambiente que potencia el albedrío, mientras que las reglas tienden a disminuir el albedrío al restringir e incluso a veces dictar nuestras elecciones.

La ley de Moisés abarcaba un conjunto de 613 reglas. Se dio a Israel debido a su indignidad para acatar la ley mayor, compuesta de principios, ordenanzas superiores y el Sacerdocio de Melquisedec. Cuando el Salvador vino en el meridiano de los tiempos, Él reemplazó la ley menor de Moisés con la ley mayor de Cristo. La primera estaba regida por reglas; la última estaba impulsada por principios.

En los primeros días de la Iglesia, el Señor enseñó el principio conocido como la ley de consagración, en la que damos todo lo que tenemos a la Iglesia y recibimos lo necesario para nuestras necesidades y deseos de buena fe. Desafortunadamente, los miembros de la Iglesia no estaban preparados para este principio divino, por lo que el Señor introdujo una ley que estaba en parte regida por reglas y en parte impulsada por principios —conocida como la ley del diezmo.

Un enfoque similar podría tener aplicación en nuestros hogares. Supongamos que un adolescente le dice a su padre: “¿Papá, puedo ver televisión el domingo?”. El padre contesta: “No, hijo, conoces las reglas —nada de televisión los domingos”. El hijo contesta: “Pero, papá, quería ver la conferencia general”. Rápidamente, el padre cambia de postura: “Vaya, hay una excepción para eso”. ¿Qué pasa si el hijo quería ver un devocional especial de la Iglesia? ¿Hay otra excepción para eso? ¿O si quería ver una serie especial sobre la vida de los grandes reformadores? ¿Cuántas reglas se necesitan para gobernar el uso de la televisión los domingos? Reglas y más reglas eran lo que había en el corazón de la Ley Mosaica.

En la época del Antiguo Testamento, el Salvador enseñó un principio muy simple concerniente al día de reposo y cómo honrarlo: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éxodo 20:8). ¿Por qué era importante? Porque, al santificar ese día, simultáneamente nos santificamos. En contraste, los líderes judíos crearon una lista mecánica de reglas para aplicar durante el día de reposo, muchas de las cuales estaban en conflicto con este principio subyacente.

En la época del Nuevo Testamento, el Salvador vio a un hombre que tenía la mano seca. Los líderes judíos estaban listos para acusar al Salvador si Él rompía su regla de no sanar en el día de reposo. Pero el Salvador no iba a caer en su trampa intencional. Él abordó la pregunta tácita pero candente del momento —¿podía un hombre sanar a alguien en el día de reposo, aun cuando eso violara una regla de la Ley Mosaica? El Salvador dio la respuesta al declarar un principio en forma de pregunta: “¿Es lícito hacer bien en el día de reposo, o hacer mal?” (Marcos 3:4). El Salvador no tenía ningún conjunto de reglas, ninguna lista de lo que se podía y no se podía hacer en el día de reposo. El asunto se reducía a dos principios: santificar el día de reposo y hacer el bien en ese día.

“Los principios crean un ambiente que potencia el albedrío”.

Estos son los tipos de principios que podemos enseñar a nuestros hijos. Por ejemplo, si nuestros hijos preguntan si pueden ver determinada película o participar de determinadas actividades durante el día de reposo, podríamos apropiadamente revisar con ellos los principios enunciados por el Salvador, y luego preguntar: “¿Te ayudará esa película o actividad a santificar el día de reposo (es decir, santificarte a ti) —te ayudará a hacer el bien?”. Si, en cambio, siempre respondemos con “sí” o “no” a las preguntas de nuestros hijos, habremos participado en la transferencia de su albedrío y responsabilidad de ellos a nosotros. Pero, si enseñamos el principio correcto y les dejamos responder sus propias preguntas, entonces les damos una oportunidad de ejercer su propio albedrío y, en el proceso, de acelerar su crecimiento espiritual. Además, les ayudará a comprender cómo actuar en situaciones futuras de una naturaleza similar. 

Pero, ¿qué pasa si un hijo no toma la decisión correcta y escoge ver una película inapropiada? Entonces, tal como hizo el Señor con la ley de consagración y la ley del diezmo, puede que necesitemos retroceder e implementar algunas reglas hasta que se alcance el momento de madurez espiritual. Quizás la lección que debemos aprender es la siguiente: Usamos principios siempre que podemos a fin de potenciar el albedrío y crecimiento de nuestros hijos, pero, si no pueden “manejar” los principios, entonces implementamos la menor cantidad posible de reglas hasta que alcancen ese punto.

El presidente Russell M. Nelson dio este sabio consejo: “No respondan a una pregunta sobre el comportamiento con una respuesta sobre el comportamiento. Es mucho mejor dar una respuesta basada en un principio o, aun mejor, una respuesta doctrinal, de ser posible”.

Los principios son compatibles con la ley mayor; las reglas, con la ley menor. Nuestro enfoque constante debería ser enseñar principios doctrinales. ¿Por qué? Porque los principios tienen la mayor capacidad de elevarnos hasta alturas celestiales y, al final, los principios —y no las reglas— serán los que gobiernen en el reino celestial.

—Tad R. Callister es una autoridad general emérita y sirvió como presidente general de la Escuela Dominical.