Vicki Jackman: El Señor ama y espera el esfuerzo

Nota del editor: Esta narración es parte de una serie de Church News titulada “Mujeres del convenio”, en la que las mujeres de la Iglesia hablan de sus experiencias personales con el poder del sacerdocio y comparten lo que han aprendido al seguir el consejo del presidente Russell M. Nelson de “trabajar con el Espíritu para comprender el poder de Dios, o sea, el poder del sacerdocio” (“Tesoros espirituales”, conferencia general de octubre de 2019).

Hace poco, recibí algunas asignaciones nuevas en mi llamamiento como miembro de la mesa directiva general de las Mujeres Jóvenes. Estas nuevas responsabilidades me parecieron enormes y fuera de mi zona de comodidad. Me sentí insegura de cómo iba a lograrlas. Es más, me sentí sumamente incapaz. Me pregunté a mi misma: ”¿Cómo es que una niña común y corriente de una granja de frutas en Brigham City, Utah, califica para estar en este llamamiento en la Iglesia?”

Cuanto más pensaba y lo analizaba, más agobiada estaba. Mis inseguridades plagaron mi corazón y mi mente, amargando todo lo que hacía y llenándome con sentimientos de intensa insuficiencia. Sabía que yo no iba en una buena dirección, así que después de comer algo cálido, me arrodillé en oración, pidiéndole al Padre Celestial que me perdonara por murmurar y oré por fortaleza más allá de la mía para levantar mi carga, y luego me derrumbé en la cama.

Vicki Jackman, miembro de la mesa directiva general de las Mujeres Jóvenes.
Vicki Jackman, miembro de la mesa directiva general de las Mujeres Jóvenes. Credit: Intellectual Reserve, Inc.

Durante la noche, me desperté, aún agitada y preocupada sobre mi habilidad para hacer el trabajo. Repetí mi oración anterior pidiendo fortaleza e inmediatamente recordé el relato en el Nuevo Testamento del Salvador ayunando en el desierto por 40 días. Satanás fue implacable. En todas las tentaciones que él puso frente al Salvador, la que se repitió constantemente fue la de dudar de sí mismo: “Si eres el Hijo de Dios…” (Lucas 4: 1-13). Satanás nunca se rindió. Mientras el Salvador colgaba en la cruz, transeúntes se mofaban de Él con las mismas palabras de duda: “Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mateo 27:40). Pero el Salvador nunca vaciló. A pesar de lo que podría haber sido una mentira fácil de creer, nunca cuestionó Su asignación de origen divino. Sabía que le había sido dado poder del Padre para realizar Su obra.

En ese momento a la medianoche, me di cuenta de que, si permito que Satanás me haga cuestionar mi valor divino, él gana. De repente, sentí una oleada de poder, un sentimiento que sin Dios yo no puedo tener éxito, pero con Dios yo no puedo desfallecer (Helamán 5:12).

Dios me ama. Soy su hija amada. Esta es Su Iglesia, y como tal, mis asignaciones, se tratan de Él. La paz llegó a mi corazón mientras se me enseñaba esta verdad eterna, y fui sobrecogida con el amor del Salvador por mí. Yo supe que podía hacerlo.

Al levantarme temprano en la mañana ofrecí una oración sincera llena de gratitud y me dirigí al cañón de Provo en mi bicicleta con mi esposo. Mientras montaba en medio de las majestuosas montañas a ambos lados del cañón, recordé lo que el presidente Nelson le dijo a una dulce niña de la primaria. Ser profeta era un trabajo duro. Jehová le pidió a Moisés ir a la cima del Monte Sinaí, no para encontrarse con Él a mitad de camino, sino para caminar hasta la cima. El Señor espera y ama el esfuerzo.

Mientras pedaleaba en mi bicicleta, pensé en el primer paseo de la temporada; había sido brutal. Pero ese día, yo sentí una habilidad para hacer el mismo recorrido con facilidad. Sí, el Señor ama nuestro esfuerzo, pero Él nos fortalecerá para que podamos soportar nuestras cargas con facilidad (Mosíah 24:15). Él extenderá Su mano inmediatamente para levantarnos (Mateo 14: 24-32).

Vicki Jackman en bicicleta en el cañón de Provo, cerca de Provo, Utah.
Vicki Jackman en bicicleta en el cañón de Provo, cerca de Provo, Utah. Credit: Cortesía de Vicki Jackman

Me di cuenta de que cuando fui apartada como miembro de la junta directiva general de las Mujeres Jóvenes, recibí la autoridad del sacerdocio de manos de uno de Sus apóstoles ordenados. A medida que honro y guardo mis convenios bautismales y del templo, soy bendecida con el poder del sacerdocio, el poder de Dios, y calificaré para recibir Su ayuda divina en cada faceta de mi vida: el matrimonio, los hijos, los nietos, las relaciones con padres y familia, los amigos y vecinos, las hermanas ministrantes y los llamamientos en la Iglesia.

A menudo me he sentido empoderada para decir o hacer algo más allá de mi propia capacidad mortal. Sé que puedo acercarme a Él cuando la vida se pone difícil y Él me sostendrá. Las dificultades nunca desaparecerán en esta esfera mortal, pero con Su poder, puedo sentir consuelo, tranquilidad, paz, y gozo.

Los hermanos dignos poseen el sacerdocio, pero nosotras como mujeres somos las receptoras del poder del sacerdocio como se evidencia a través del poder del Espíritu Santo, el poder de la divinidad y el poder de la Expiación de Jesucristo en todos los aspectos de nuestra vida.

El presidente Russell M. Nelson dijo: “Los cielos están abiertos de igual manera para las mujeres que han sido investidas con el poder de Dios que procede de sus convenios del sacerdocio como para los hombres que son poseedores de dicho sacerdocio. Ruego que esa verdad se grabe en el corazón de cada una de ustedes, porque creo que les cambiará la vida” (“Tesoros espirituales”, conferencia general de octubre del 2019). Cuán agradecida estoy por el poder del sacerdocio. Este cambia mi vida cada día.