Sarah Jane Weaver: Lo que aprendí de un niño en Manaos sobre templos, fe y sacrificio

No muy lejos de Manaos, Brasil, dos ríos principales se encuentran. Por más de seis kilómetros, el agua del río Negro de color oscuro corre adyacente —sin mezclarse— al agua del río Solimões de color más claro.

El fenómeno, apodado el “Encuentro de las aguas”, es la principal atracción turística en esta ciudad aislada en el norte de Brasil y se debe a las diferencias de temperatura y velocidad de los dos ríos, que eventualmente se fusionan para convertirse en el río Amazonas.

Los ríos también son un símbolo de los santos de los últimos días en esta región del mundo —donde la fe y el compromiso se unen para formar testimonios fuertes y profundos.

El trabajo de la iglesia comenzó allí en 1967, con la primera congregación creada en 1978 en Manaos —una ciudad aislada de 1,7 millones de personas rodeada de agua y selva tropical y accesible solo por lancha o avión. Los miembros le pidieron a la presidencia de área que les enviara misioneros, pagaron para que trasladaran a los misioneros de ciudades del sur de Brasil a Manaos, les dieron alojamiento y comida gratis y les encontraron personas para enseñar. La primera estaca fue creada en la ciudad en 1988.

El 25 de noviembre de 1992, un pequeño grupo de miembros pioneros salió de la cuenca del río Amazonas y viajó los 3.844 kilómetros hasta el templo de São Paulo, Brasil —que está más lejos que la distancia entre Salt Lake City y Nueva York. Llegaron al templo el 10 de diciembre de 1992, después de un viaje largo y difícil en lancha y autobús. Estaban enfermos por viajar durante tanto tiempo en un espacio reducido.

Cerca de Manaos, Brasil, por más de seis kilómetros, el agua de color oscuro del río Negro corre adyacente —sin mezclarse— al agua de color más claro del río Solimões.
Cerca de Manaos, Brasil, por más de seis kilómetros, el agua de color oscuro del río Negro corre adyacente —sin mezclarse— al agua de color más claro del río Solimões. Credit: Intellectual Reserve, Inc.

Durante casi 20 años, otros miembros en Manaos se sacrificaron para visitar el templo, viajando en caravana para asistir al templo en São Paulo y luego al templo en Caracas, Venezuela.

Viajé a Manaos el 10 de junio del 2012 para cubrir la dedicación del Templo de Manaos, Brasil. Mientras estuve allí, me uní a Flávio y Kenia Brito en la sala de espera en el edificio de hospedaje para miembros del templo de Manaos para la noche de hogar. Antes de comenzar, ayudé a su hijo Nefi de 10 años a practicar su inglés.

Cuando la conversación se centró en los templos, comencé a enumerar todos los templos cercanos a mi casa en el valle del Lago Salado. Está el templo de Salt Lake, el templo de Jordan River, el templo de Oquirrh Mountain y el templo de Draper, dije. Luego le hablé a Nefi de los hermosos templos de Bountiful, American Fork, Provo y Ogden.

Tenía la intención de enumerar todos los templos del estado de Utah, pero Nefi interrumpió.

“Oh, hermana”, dijo él. “¿Cómo se sacrifica usted?”.

La pregunta me detuvo. No tuve respuesta.

Allí en el corazón de la cuenca del río Amazonas —un lugar caracterizado por testimonios que sustentan la fe, testimonios más poderosos que el río Amazonas que sustenta la vida— un niño había crecido con el entendimiento de que la obra del templo y el sacrificio eran interdependientes. Para él, este entendimiento era como un “encuentro de las aguas” espiritual.

Regresé a casa desde Manaos prometiendo apreciar más el templo y asistir más a menudo. Pero suceden cosas en la vida. Corrimos hacia y desde el templo, rara vez pensando en las bendiciones que recibimos de esas experiencias sagradas.

Luego cuando el COVID-19 se intensificó este marzo pasado, mi hija —quien se preparaba para el servicio misional— hizo una cita para recibir sus propias ordenanzas en el Templo de Draper, Utah. En ese momento, las ordenanzas del templo se limitaban solo a aquellos que efectuaban la obra para sí mismos y sus familias. Cuando ella me dijo que la cita era un jueves por la mañana a fines de marzo, yo vacilé.

El Templo de Manaos, Brasil.
El Templo de Manaos, Brasil. Credit: Foto por Sarah Jane Weaver

“Los jueves son días muy ocupados para mí”, dije, “pero ya me las arreglaré”.

Sin embargo, la noche anterior a su entrada al templo, la Primera Presidencia anunció el cierre de todos los templos del mundo. Ella estaba destrozada. Y nosotros también.

Desde ese entonces, su maleta del templo se quedó en su habitación —lista para ser usada.

Ella comenzó el CCM en línea en casa la semana pasada. Cuando la Primera Presidencia anunció que los templos se abrirían nuevamente para ordenanzas por los vivos, ella no vaciló.

Ella recibió una nueva cita —una vez más un jueves por la mañana— para entrar al templo. Ella entrará al templo pocos días antes de partir para su asignación misional.

Esta vez, una cita para el jueves no me dio vacilación ni pausa. Durante la pandemia del COVID-19, he aprendido que el entrar al templo es una gran bendición —no algo que deba encajar en mi horario o a lo que me debo acoplar.

Creo que hoy hablaría con Nefi Brito y los otros santos fieles que conocí en Manaos un poco diferente.

Nazaré Negreiros, por ejemplo, estaba con un grupo de santos de los últimos días en una caravana de Manaos al templo de São Paulo en el 2001 cuando el autobús fue asaltado por ladrones. Los ladrones robaron el dinero, las cámaras y los teléfonos móviles de los santos de los últimos días. Los santos llegaron a São Paulo sin nada.

Unos años más tarde, el hijo y la nuera de Nazaré, Alexandre y Claudia Negreiros, tuvieron un accidente de autobús con otros miembros de la Iglesia mientras regresaban del templo en Caracas. Claudia quedó paralizada del cuello para abajo.

Una noche durante mi viaje a Manaos, me senté con Nazaré. Mientras hablábamos, le pregunté si estaba desanimada por sus viajes al templo. “¿Siente que el Señor debería haberle bendecido y protegido ya que iba al templo?” pregunté.

A Nazaré no le gustó la pregunta. Me hizo un gesto sacudiendo el dedo: “Nadie dijo eso nunca. Nadie dijo eso nunca”, dijo.

Palabras en la ladera a lo largo de la orilla del río Negro envían un mensaje a los visitantes: “Bienvenidos a Manaos”.
Palabras en la ladera a lo largo de la orilla del río Negro envían un mensaje a los visitantes: “Bienvenidos a Manaos”. Credit: Foto por Sarah Jane Weaver

Luego, tratando de ayudarme a entender, agregó, “Estábamos felices. Habíamos llegado al templo”.

A medida que han pasado los años desde ese intercambio, he tratado de entender lo que Nazaré estaba tratando de enseñarme. Creo que estaba diciendo que cada uno de nosotros —Nefi, mi hija, y Claudia incluida— estamos caminando la misma senda del convenio.

Es una jornada —en tiempos buenos o difíciles— que requiere fe y compromiso. Comienza donde estamos y nos conduce al templo. Es la oportunidad para cada uno de nosotros de responder una pregunta importante: “¿Cómo se sacrifica usted?”.

 La respuesta se encuentra en aguas más profundas y poderosas que las del río Amazonas —donde la fe y el compromiso se unen en el Agua Viva del evangelio restaurado de Jesucristo.