Tad Callister: Armar el ‘rompecabezas del evangelio’

A menudo enseñamos principios doctrinales de forma aislada y eso, ciertamente, tiene su momento y su lugar. Sin embargo, en ocasiones, es instructivo enseñar la relación entre estos principios, ya que todos tienen el mismo objetivo subyacente, a saber, ayudarnos a obtener la vida eterna.

En consecuencia, los principios doctrinales tienden a suplementarse, complementarse, superponerse y reforzarse unos a otros en este objetivo. Comprender cómo se correlacionan los principios doctrinales puede darnos una perspectiva nueva y más amplia —algo así como mirar un rompecabezas completo en lugar de ver cada pieza de forma individual. Por ejemplo, algunos podrían preguntar: “¿Cómo se relacionan entre sí los siguientes tres principios doctrinales: el plan de salvación, la Expiación del Salvador y la doctrina de Cristo?”.

A medida que adquirimos una comprensión de estas relaciones doctrinales, nos damos cuenta de que cada principio doctrinal es un componente esencial del mismo “rompecabezas del evangelio” en lugar de que cada uno sirva como un “rompecabezas del evangelio” en sí mismo. De hecho, cada principio doctrinal del evangelio depende de los demás para su éxito definitivo. Un principio, sin los demás, no puede cumplir plenamente el objetivo para el que está destinado.

El plan de salvación

El plan de salvación es el programa divino que establece la forma de regresar a la presencia de Dios y volvernos más como Él a fin de experimentar una plenitud de gozo. Este plan revela nuestro origen y destino divinos. Su autor es Dios, el Padre.

En cierto sentido, este plan puede compararse con un mapa que nos muestra el único camino posible para regresar a Dios y volvernos como Él. Sin embargo, por sí solo, este plan o mapa no puede llevarnos al destino deseado, de ahí la necesidad de la Expiación del Salvador, una parte integral de ese plan.

La Expiación del Salvador

La Expiación del Salvador hace posible que alcancemos el objetivo supremo del plan de salvación —regresar a la presencia de Dios y volvernos como Él. En otras palabras, es el medio para lograr el fin deseado. A fin de convertirse en este medio, el Salvador efectuó Su Expiación, que generó los poderes necesarios para superar los obstáculos que nos detienen en nuestra búsqueda de la vida eterna, a saber, la muerte física, el pecado, las aflicciones y las debilidades.

Los primeros dos obstáculos mencionados pueden superarse con lo que podrían llamarse los poderes redentores de la Expiación de Cristo, ya que Él nos redimió de la muerte por medio de Su resurrección y también nos redime de la mancha de nuestros pecados al poner a disposición las condiciones del arrepentimiento. Los últimos dos obstáculos se pueden superar con lo que podrían llamarse los poderes habilitadores de Cristo, posibilitados por medio de Su Expiación, ya que Su sufrimiento lo dotó del poder para fortalecernos en nuestras aflicciones (véase Alma 7:11) y el poder de ayudarnos a superar nuestras debilidades para que podamos volvernos más semejantes a Dios (véase Moroni 10:32-33).

El autor o contribuyente de la Expiación es, por supuesto, Jesucristo. En cierto sentido, la Expiación de Cristo puede compararse con un vehículo espiritual que tiene el poder de transportarnos a lo largo del sendero divino designado por el plan de salvación. Sin embargo, en sí mismo, este vehículo no puede llevarnos al destino deseado sin un conductor, por ende la necesidad de la doctrina de Cristo.  

La doctrina de Cristo

Esta doctrina nos manda tener fe en Jesucristo, arrepentirnos, ser bautizados, recibir el don del Espíritu Santo, deleitarnos en las palabras de Cristo y perseverar hasta el fin (véase 2 Nefi 31:15-21), todo lo cual tiene sentido debido a la Expiación de Cristo.

Pero esta doctrina solo se vuelve plenamente eficaz cuando nosotros también contribuimos a la ecuación —cuando cada uno de nosotros pone en funcionamiento estos principios y ordenanzas. A medida que aplicamos esta doctrina, nos convertimos en el conductor espiritual, que entonces puede recurrir a los poderes plenos de Cristo, hechos posibles mediante Su Expiación (el vehículo espiritual que posibilita nuestro progreso). Esto nos permite regresar a la presencia de Dios y volvernos más como Él.

De esta manera, la doctrina de Cristo se convierte en la llave que libera los poderes de la Expiación del Salvador para que el plan de salvación pueda volverse una realidad en nuestra vida y no solo un sueño idealista.

Resumen en forma de tabla

Desde una perspectiva, la interrelación entre estos tres principios doctrinales podría resumirse en forma de tabla de la siguiente manera:

Ninguno de estos principios doctrinales por sí solos puede salvarnos, pero, cuando trabajan en armonía, el objetivo de la salvación, e incluso la exaltación, se hace posible.  Esa es la razón por la cual es tan importante no solo comprender los principios doctrinales individuales del evangelio, sino también cómo se relacionan entre sí. Esto mejora nuestra visión del “rompecabezas del evangelio” completo; y con esa visión mejorada, viene un aumento de la fe y la motivación para transitar el sendero hacia la vida eterna.

Quizás esto sea, en parte, a lo que Pablo se refería cuando habló “de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (Efesios 1:10). Indudablemente, “todas las cosas” incluye los principios doctrinales y las ordenanzas del evangelio. Por lo tanto, a medida que comprendemos mejor su interrelación, ayudamos a “reunir todas las cosas en Cristo”.

— Tad R. Callister es una autoridad general emérita y sirvió como presidente general de la Escuela Dominical.