Tad R. Callister: ‘¿Podemos ser optimistas en tiempos turbulentos?’

Estos son, en efecto, tiempos turbulentos —una pandemia mundial, protestas y disturbios, desempleo generalizado, un aumento en la delincuencia y preocupaciones electorales. ¿Es posible ser optimista en tales circunstancias o, por el contrario, es hora de ceder al negativismo y al pesimismo? En otras palabras, ¿puede alguien ser realista y optimista al mismo tiempo? Afortunadamente, nuestro Salvador, el gran Ejemplo, nos ha dado la respuesta.

Era la última semana de la vida del Salvador. Él sabía que Judas lo traicionaría. Pedro, su apóstol principal, negaría conocerlo en tres ocasiones y algunos de los que había venido a salvar se burlarían de Él, le escupirían y lo golpearían. Habría un falso arresto y un juicio. Pero aún más difíciles que esto serían Sus momentos en el jardín y en la cruz donde Él descendería por debajo de todas las cosas (véase Doctrina y Convenios 88:6). Describió esta experiencia en Sus propias palabras como ese padecimiento que “hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor” (Doctrina y Convenios 19:18). ¿Cuánto dolor causa que incluso un Dios tiemble?

No obstante, sabiendo que todo esto le sobrevendría en la semana siguiente, Él nos advirtió y nos consoló: “En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). En otras palabras: “Soy lo suficientemente realista como para saber que tendrán pruebas y tribulaciones en la vida, pero puedo prometerles que, a pesar de todo, pueden ser de buen ánimo. ¿Por qué? Porque una vez que termine la Expiación, no hay fuerza externa —no hay pérdida de vidas, ni enfermedad, ni desastre económico, ni divorcio, ni ninguna otra prueba externa que pueda impedir que sean exaltados, siempre y cuando sean obedientes y perseveren hasta el fin”.

Élder Tad R. Callister
Élder Tad R. Callister Credit: Intellectual Reserve, Inc.

En esencia, la Expiación del Salvador nos da esperanza y una perspectiva eterna de que nuestras decisiones internas —no las fuerzas externas— determinen nuestro destino divino. Y con esa esperanza y perspectiva eterna podemos y debemos ser de buen ánimo.

Tal fue el caso de José Smith. Había estado confinado en los cuartos estrechos y sucios de la cárcel de Liberty durante más de dos meses. Finalmente, desesperado, clamó: “Oh Dios, ¿en dónde estás? … ¿Hasta cuándo se detendrá tu mano?” (Doctrina y Convenios 121:1-2). Entonces el Señor le dio a José una perspectiva que lo ayudó a comprender las pruebas del momento en comparación con las recompensas eternas del futuro: “Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento; y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos” (Doctrina y Convenios 121:7-8).

Entonces el Señor dio una descripción de la vida mortal futura de José y no era muy alentadora —la separación forzada de su esposa e hijo, ser entregado en manos de asesinos y las mismas puertas del infierno abriéndose de par en par tras él. Pero José ahora tenía una perspectiva eterna. Sabía que no había nada que ni los elementos ni ninguna otra persona pudiera hacer para robarle su exaltación. Él tenía el control único y absoluto de su destino si elegía crecer en estas aflicciones en lugar de desesperarse.

Con esta percepción divina escribió a los santos desde la misma celda de la prisión: “Por tanto, muy queridos hermanos, hagamos con buen ánimo cuanta cosa esté a nuestro alcance; y entonces podremos permanecer tranquilos, con la más completa seguridad, para ver la salvación de Dios” (Doctrina y Convenios 123:17). Él sabía que la promesa y la posibilidad de la exaltación eran la base de una vida alegre y optimista.

Puede que el optimismo no sea el equivalente de la fe, pero ciertamente es un paso en la dirección correcta. De hecho, es tanto un componente necesario de la fe como un fruto de la fe. Es una poderosa evidencia de nuestra fe en Jesucristo y Su poder para sanarnos y salvarnos, aun cuando nuestras pruebas parecen momentáneamente insoportables.

El optimismo agrega leña al fuego de la fe; por otro lado, el negativismo es el agua que apaga las llamas de ella. El negativismo y el pesimismo son atributos de Satanás; el positivismo y el optimismo son atributos de Dios.

“El optimismo agrega leña al fuego de la fe”.

El optimismo es un rayo de luz en lo que de otro modo podría ser un mundo oscuro. Es un reflejo de la proclamación del Salvador: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12). Mi abuelo, el élder LeGrand Richards, era una luz brillante. Siempre tuvo una sonrisa y una perspectiva positiva de la vida. Solía ​​decir: “Yo simplemente hago lo mejor que puedo y dejo las preocupaciones en las manos del Señor”. Me encantó ese dicho. Me recordó que el Salvador ha asumido el trabajo pesado. Nos ha dejado con una carga, pero una que es manejable.

Saber que el Señor está a cargo y que la exaltación está literalmente garantizada para todos los que guardan Sus mandamientos es lo que hace posible que sonriamos y que tengamos buen ánimo, día tras día, prueba tras prueba. Este conocimiento fue lo que llevó al apóstol Pablo a decir: “He aprendido a contentarme con lo que tengo” (Filipenses 4:11).

Cuán agradecidos podemos estar por la Expiación del Salvador y por la esperanza y las posibilidades eternas que brinda. Por eso podemos ser optimistas, incluso en tiempos turbulentos, sabiendo que nuestras pruebas, en sí mismas, nunca pueden privarnos de nuestro destino eterno.

— Tad R. Callister es un setenta autoridad general emérito y antiguo presidente general de la Escuela Dominical.